Las reglas cambian. El juego permanece.
The Wire es, para los que no la conozca, una buena serie. Una serie extraordinaria si nos hacemos eco de todos los elogios que ha recibido por parte de la prensa especializada y multitud de críticos nacionales e internacionales.
A nivel personal, The Wire (2002-2008) es una serie magistral que escapa de todo aquel objetivo último que pretenden el resto de largometrajes de televisión. La proeza de la serie de David Simon radica en que el "entretenimiento" del espectador no es prioritario. Primero contar la historia y ya, si queda tiempo, se vende al público. Está organizada para que sea una novela gráfica de un total de 60 horas de duración, que cada capítulo sea una parte de un todo y que cada minuto aparentemente intrascendente cobre sentido al finalizar la historia global.
No hablamos de algo ligero, no es una serie policial al uso. No hay una Temperance Brenan ni un Horatio Caine. Por no existir no existe ni tan siquiera un protagonista principal.
Ésta última afirmación puede tener un error. Existe un gran protagonista, en este caso en femenino. La ciudad de Baltimore, en Estados Unidos.
